Nada permanece

Nuestra amistad comenzó con mi renuencia a sentirme de treinta. Acababa de regresar de ese viaje largo que supuestamente me había hecho madurar. Ja. Pues si madurar trae consigo ciertos hábitos alejados de la farra, definitivamente mi journée no había tenido ese feliz outcome. Al contrario, me había encaminado por la senda de los veintes, cuando diez años antes negué las costumbres asociadas a esa "etapa". Me sentía fresca, ingenua, valiente y, ciertamente, alegremente descarada: el ánimo perfecto para alinearme con mis fieles nietas. Yo no sabía todavía qué turbulencias cruzaban a mitad de sus veintes. Comenzábamos a conocernos en un pasillo, afuera de la biblioteca o de la facultad, en el aeropuerto, casi siempre por una casualidad que entusiasmaba mi psyche acostumbrada al recelo e incredulidad. Todo es bello al principio: llegas abierta a una relación, no hay pactos ni compromisos, sólo la comodidad de un espíritu a fin, la esperanza de una amiga. Y de repente nos encontramos con más afinidades de las que nunca creímos. No sé si para ellas fue así con otras amigas, pero para mí era la primera vez que me sentía fuerte con una gang. Éramos éso, una mini girlgang...

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